martes 11 de marzo de 2008

Una compañía impredecible (Cap. # 6)


La Plaza Venezuela desde tiempo atrás, se había convertido en el “nuevo y moderno” centro de Caracas. A esa hora de la tarde, el tumulto de buhoneros, perro-calenteros, vendedores rodantes de estuches para celulares, revendedores de entradas para los juegos de béisbol, indigentes, rateros, huele-pegas, rematadores de cd*s en plena autopista y cuanto perolito pudiese ser vendido por estas personas, conformaban una masa casi impenetrable bajo el calor del implacable sol tropical sobre el fondo de una perenne neblina de dióxido de carbono. Todo esto sucedía ante la mirada complaciente de las autoridades incompetentes que ejercían el control de la seguridad en la otrora llamada “Gran Caracas”
El seguimiento se había hecho algo infructuoso a través de los estacionamientos subterráneos del Estadium Universitario, y además sumamente peligroso en la parte del elevado que cruzaba la autopista, cada vez mas saturada de grandes masas de un humo negro-amarillento y bajo el influjo aterrador de las emisiones sulfurosas del río Guaire. Empecé a notar que el comisario Rausseo sudaba copiosamente y su respiración era claramente estertórea, lo cual me llevo a pensar que lo más probable era que se convirtiera en un estorbo, me voltee y le dije:

- Jefe, deje que continúe solo. Váyase a la estación y trate de averiguar si lo implantes de silicones fueron succionados con un aparato o si fueron extraídos estando la chica con vida. Yo lo llamo cuando averigüe mas de estas “locas”

Se despidió feliz con la certeza de que estaba haciendo algo importante y logro entrar en una de las inexpugnables estaciones del Metro, a esa hora abarrotadas de vendedores de cigarrillos detallados y de hombres-teléfonos-móviles que alquilaban sus servicios.
Logre continuar con el seguimiento de los sujetos amanerados hasta que penetraron por una de las rejas que delimitaban la Zona Rental. Esta vasta extensión de terreno en una época fue el centro de disputas territoriales entre la Universidad Central y la Alcaldía Mayor de Caracas para su explotación comercial, la cual habían dejado en un total abandono. Sin embargo esto no había evitado que se hicieran desarrollos urbanísticos a lo largo y ancho de sus terrenos, entre los cuales se encontraba el inconcluso Centro de Convenciones de Caracas y la 7ª línea del Metro, en una clara y descarada manipulación de las leyes donde el circo de concesiones fraudulentas y apresuradas negociaciones eran el pan de cada día en la Asamblea Legislativa.
En la entrada, otra serie de guardias armados saludaron a Santiago Luciferal con una reverencia y el extraño personaje penetro en el terreno con una solemne actitud esquivamente altiva. Ante tanta seguridad desplegada, no se me ocurrió otra idea sino tratar de introducirme por una de las tantas brechas que hacían los delincuentes y violadores que pululaban en la zona, en las rejas que daban hacia el río Guaire. Después de una exhaustiva búsqueda, y luego de ocultarme en los matorrales de varias patrullas de la policía, logre abrirme paso hacia los terrenos llenos de escombros y edificaciones a medio construir.
Rápidamente inicie la búsqueda de una escalera que me llevara a los sótanos del complejo arquitectónico, cuando entre la gran cantidad de tablones y equipos de construcción, me pareció escuchar un murmullo como si se hubiesen percatado de mi presencia y además quisieran llamar mi atención. Mire por todos lados buscando el sonido hasta que determine que procedía de la fosa de los ascensores. Me asome y vi con asombro que una mujer yacía amarrada en el fondo. Sin pensar en lo extraño de la situación, di un gran salto y caí a su lado, arrancándole con un zarpazo felino el tirro plateado que cubría su boca:

- Pero, ¿Qué coño hace usted aquí?

- Haciendo la cola para entrar en el cine, ¡GUEVON!

Logro hacerme sonreír con su actitud de humor harboiled. Era una mujer extremadamente hermosa, de ojos azules y un cabello pelirrojo que le caía como una suave cascada sobre sus anchos y redondos hombros. A pesar de que parecía tener varios días en ese sitio, su piel blanca estaba suave y tersa al tacto. Su cuerpo lucia unas proporciones vitruvianas increíblemente eróticas a través del vestido hecho jirones quizás por la caída desde una altura considerable.

- Relájese. – le dije adoptando mi clásica postura de hombre duro. Continué - ¿Cómo llego hasta aquí?

- Es una historia un poco larga y difícil de explicar. – dijo, al tiempo que mis ojos y mis manos no dejaban de admirar sus largas y rosadas piernas mientras le arrancaba los pedazos de tirro plomo de sus pantorrillas

- ¿Cuál es su nombre? – pregunte

- Rita Oropeza, ¿y tú?

Le di uno de mis nombres falsos, mientras observaba lo que parecía un anillo de compromiso.

- Me tiraron aquí hace 3 días porque descubrí un negocio fraudulento en el ministerio donde trabajo. Soy la asistente legal del ministro y por “azar” tuve acceso a unos papeles que comprometen a altos funcionarios relacionados con la compra de comida enlatada piche de Australia para ser distribuidas en los comedores populares del gobierno

- ¿Y por que no la mataron?

- Hice copia de todos los documentos y los guarde en una caja de seguridad. Al ver que no podían joderme me ofrecieron una participación pero no acepte.

- Que honesto de tu parte. – dije en tono risueño

- ¡Que carajo de honesto!, yo quería mas de lo convenido. Por eso decidieron tirarme en esta fosa para ver si me mataba con el impacto, suerte que caí en este colchón.
Observe con asombro que la mujer estaba sobre la mullida superficie, testigo quizás de muchas violaciones ante la falta de vigilancia del abandonado edificio.

- ¿Y su novio no la ha buscado? – dije con cierta suspicacia.

- ¡Ese pendejo es un cabron!, de lo único que esta pendiente es de su camioneta de 100 millones y de bajar a La Guaira a broncearse.

Ante tanta sinceridad, no había notado que mis manos estaban aferradas a sus tiernos muslos, hasta que ella con un gesto de ceja y meñique levantado, me retiro las manos.

- Creo que esta un poco estresado. – dijo con evidente desprecio. – Me va a cortar la circulación.

Retire mis manos con mi habitual velocidad felina, pensando en los 2 últimos años en que no había saciado mis bajos instintos. Ella prosiguió como una ametralladora:

- ¿Y que haces tu aquí?, ¿Qué andabas buscando?

Su rostro angelical me impulso a contarle la verdad ineludible:

- Todo este encuentro fue producto de la “causalidad”. Soy un detective independiente adscrito a la policía y estaba persiguiendo al sospechoso de un caso hasta aquí.

Por un instante recordé que el motivo de estar allí era Santiago Luciferal, con lo cual le hice un ademán a la preciosa asistente para que se levantara:

- Sígame y no haga ruido, yo la sacare de este basurero. Hay que andar con cuidado pues estos tipos son muy peligrosos…

- Si y bastante escandalosos. Durante todas las noches que pase en este “hotel” parecía como si hubiese una orgía gigantesca, como una gran celebración…

Logramos salir a uno de los pasillos principales y con la agilidad de un chimpancé bajo los efectos del MDMA, localice las escaleras que iban al sótano. Repentinamente, a medida que avanzábamos por el amplio pasillo, empezamos a escuchar un murmullo que rápidamente se convirtió en un escándalo proveniente de los pisos superiores, justo del sitio donde se encontraba el salón de convenciones principal. Sin pensarlo, me desvié hacia las escaleras que subían hacia la oscuridad.

- Coño, no aguanto la curiosidad. Tengo que ver que provoca ese ruido…- Murmure.
En el próximo capitulo: El poder de la economía informal (Cap. #7)

martes 12 de febrero de 2008

La confrontación arcoiris (Cap. #5)


No me cabía la menor duda; la organización tenía una indudable conexión con el brutal asesinato de Petare. Ahora solo me quedaba averiguar que había motivado tan infame homicidio y los oscuros detalles que gravitaban sobre tan desagradable situación. Estaba seguro que si indagaba un poco más, le daría solución al teorema de Fermat.
No había salido de mi trance hipnótico, viendo la fotografía de la desdichada a aspirante a miss, cuando Santiago Luciferal casi me vomito con una pregunta como el Rayo del Catatumbo* :

- ¿Qué está buscando aquí, mamarracho? – lo dijo con voz de vieja menopáusica que no se ha tomado sus pastillas de hormonas.

- ¡Ah!, ¿Qué dijiste? – respondí distraídamente.

En ese instante sus ojos se convirtieron en una marea roja ante mi confianzuda manera de responderle:

- Le pregunte: ¿Qué carajos está buscando usted aquí?

- Solo quería saber si ustedes conocían a Maribarbola Lugo. – lo dije con un tono exageradamente corporativo.

- ¿Para qué quiere saberlo?

- Es solo una cuestión profesional. Soy de la revista Cosmopolita y queremos hacerle una entrevista a Maribarbola para saber su punto de vista acerca de los condones femeninos.

La mentira fue tan convincente que logre momentáneamente calmar la situación que ya empezaba a ponerse muy tensa:

- ¡Ah!, ¿usted es de Cosmopolita? – pregunto entornando los ojos hacia el techo en una actitud pensativa. Pero rápidamente reacciono como un orangután en celo y empezó a pegar gritos histéricos llamando a sus gorilas:

- ¡Teleférico!, ¡Paledonio!

Las mujeres, los fotógrafos, los asistentes amanerados y hasta los doctores, al escuchar la voz de su maestro y mentor, voltearon todos hacia donde estábamos, produciéndose un silencio aterrador los primeros 5 segundos.
La vaina se puso peluda cuando repentinamente una de las chicas (rubia platinada llena de pecas) emitió un grito desgarrador señalando que había un infiltrado en el recinto de la belleza Venezolana. Un escalofrió me recorrió desde el neocortex hasta el músculo pubococigeo, al ver como se acercaban con una mirada de odio indescriptible en sus rostros.
En ese instante los 2 supuestos “guardias” aparecieron por un flanco en una actitud claramente hostil. Por un segundo sus rostros con las cejas depiladas y con brillo de durazno en los labios me parecieron conocidos, pero antes de que pudiera adoptar mi clásica posición de jiujitsu, las dos mariquitas me agarraron por la pechera y me dieron un soberano cachetón combinado con una patada en el pecho que me lanzo contra un estante lleno de productos cosméticos.
Cuando logre incorporarme lleno de talco y escarcha, un grupo de chicas “sintéticas” me rodearon sujetándome con sus grandes pechos, los cuales habían salido a relucir en top-less ante el alboroto de agarrones y arañazos que en la situación cabía esperarse. Mis fuerzas empezaron a mermar ante tan fetichista forcejeo, cuando en fracciones de segundo, 4 musculocas salieron intempestivamente de otra habitación.
Allí me di cuenta que no tenía otra opción: invoque el Espíritu del Indio Montaña Manitú y pegue un brinco sobrenatural que me coloco en la puerta de la entrada. Tropecé con varias chicas que estaban llenando la planilla de preselección y corrí como un carterista en plena Av. Baralt, hacia las escaleras de emergencia. Una vez abajo, con un sostén en la cabeza y múltiples pestañas postizas clavadas en el cuello, fue cuando verdaderamente me sentí seguro.

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El comisario Rausseo me estaba esperando en el restaurante que quedaba diagonal a la entrada de la universidad. Al entrar, sentí un fuerte olor a marihuana que logro calmar temporalmente el estado de clímax adrenalitico en el cual me encontraba. Al fondo, divise unos PM que jibareaban cocaína con unos malandros y en la mesa de al lado (por supuesto haciéndose el loco) logre ubicar a mi jefe. Al ver el estado de mi ropa hecha jirones, se levanto sobresaltado de la mesa:

- ¡Coño de la madre!, ¿Qué te paso?

- Casi me matan las “locas” jefe. Siéntese y pídame un tercio

Le hice un breve resumen de lo ocurrido y de las sospechas que tenia sobre el caso:

- Ayer en la noche me di cuenta que esa mujer no se suicido, simplemente fue asesinada. Las evidencias que recolecte hablan por si solas.

- No es posible. – me interrumpió

- Estoy completamente seguro. – lo dije con vehemencia

- Bueno, ahora sí que estamos fregados. – lo dijo con cara de desesperación.

- ¿Y qué sucede ahora?

- Fíjate que en el laboratorio descubrieron que Maribarbola había muerto una semana antes

- ¡No puede ser! – abriendo mi implante ocular desmesuradamente.

- Y eso no es lo grave. – inquirió el viejo policía.

- ¡Que!, ¿hay más?

- Lo peor era que la jeva no tenía sus implantes mamarios de silicone y además, según el médico forense, este el decimotercer caso que les llega en este mes.

Era evidente que no estaba ante un caso de simple homicidio sino algo mucho más truculento. Me quede pensativo viendo a través del muro de enredaderas que adornaba el local cuando aviste a Santiago Luciferal y las 2 musculocas saliendo de la ciudad universitaria.

- ¡Allá va jefe! – le grite al viejo detective.- ¡Es el presidente de la S.S.S. y sus esbirros!

- ¡Entonces vamos a seguirlos! – gruño el cansado sabueso

Apuramos los tercios y disimuladamente nos fuimos del local sin pagar, detrás de los enigmáticos personajes. Desafortunadamente, paso algo de lo que no nos percatamos: detrás de la barra, el barman nos observaba con unos mini-binoculares, los puso al lado de la Gaceta Hípica y rápidamente marco un numero en su teléfono celular.

En el próximo capítulo: Una compañía impredecible (Cap. #6)